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Sergio Avello 

"S/T", Fondo Nacional de las Artes. Buenos Aires, Argentina, del 7 de julio al 2 de agosto de 2003.

 

 

                       

 

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SUPERFICIES DESMENTIDAS

(Sergio Avello en los ochenta, los noventa y más allá)

 

Por Ernesto Montequin

 



Esta la que nos ofrece entrada franca en sus amenos jardines, donde la variedad de matizados colores nos formará mil vistosos vergeles: con la valentía de sus rasgos, hermosa copia de animados bultos; y con el dulce encanto de mentidas distancias, el repetido milagro de desmentir superficies. Antonio Palomino de Castro, El museo pictórico y escala óptica (1715-1724)


Detrás de los cambios en la fisonomía estética de una época, de las mutaciones bruscas o pausadas del gusto artís­tico, del flujo y reflujo de estilos y tendencias, hay una serie de gestos mínimos que responden menos a los impersonales dic­támenes de una "vida de las formas" que a las intuiciones y desvelos de los individuos que los propician. Algunas veces son indicios fortuitos, señuelos que el azar pone en manos de los advertidos; otras, esporádicas ráfagas de una sensibilidad mar­ginal que se arremolinan en torno a un mismo vórtice agitando el aire estanco hasta confundirse con las turbulencias que originan. La enigmática energía de esas descargas produce alumbramientos, corrientes alternas de complicidad estética que, debidamente orientadas, impulsan renovaciones sustanciales en el arte del momento.
Durante la década de 1980, Sergio Avello anuncia con sigilosa espontaneidad gran parte del repertorio de modali­dades formales, expresivas y retóricas que otorgan identidad al arte que eclosiona en los noventa. A pesar de ello, o tal vez por esa razón, el carácter anticipatorio de su obra suele soslayarse a la hora de las conmemoraciones. Es sabido que en la gestación de todo movimiento artístico se teatralizan las rupturas, se reniegan las continuidades, se cortan simbólicamente los vasos comunicantes que lo unen a experiencias precedentes ("A ningún hombre le gusta estar en deuda con un con­temporáneo" afirmó el Doctor Johnson). Así, cuantiosas conexiones con el arte de los ochenta subyacen en el credo estéti­co de quienes encuentran un espacio consagratorio en la Galería del Centro Cultural Ricardo Rojas a partir de 1989, En secreta, ignorada simultaneidad con Marcelo Rombo y Benito Laren, quienes desde mediados de los ochenta preludian soli­tariamente con sus obras tempranas el estremecimiento nuevo que sacudirá la sala dirigida por jorge Gumier Maier, Avello se revela como un cómplice precoz de sus afanes.
Al promediar los noventa, de un modo casual, acaso aleatorio, seguramente involuntario, pero no por ello menos perceptible en sus diversas manifestaciones, numerosos artistas en cuya producción se cristaliza el retrato de la década asi­milan y transforman muchos de los rasgos del arte de Avello. Su influjo aflora discretamente, por ejemplo, en la voluntad de fijar la significación de la obra en su propia materialidad y en el deleite sensorial que ésta suscita; en el arrobamiento artesa-nal; en la preferencia por motivos abstractos que ironizan sobre el lenguaje de la abstracción canónica y del des/gn; en la exal­tación de la bidimensionalidad del plano; en las geometrías ornamentales o lúdicas; en ciertos remilgos de la forma; y muy especialmente en la práctica artística concebida como maniobra hedónica de un gusto que no osa decir su nombre (aunque los demás se apresuren a cubrirlo de epítetos).
 
 
 
I. LOS DESCUIDOS DE LA INTENSIDAD: LOS OCHENTA


No haremos obra perdurable. No tenemos de la mosca la voluntad tenaz.
Renato Leduc


En el transcurso de los años ochenta Avello es una minoría de uno, una tendencia excéntrica alentada por un único representante. Esto no significa aislamiento, sino absoluta independencia estética en un momento en que artistas, teóricos y galeristas comparten el encandilamiento por el auge de la Transvanguardia y el neoexpresionismo: el drama es el mensaje y el mensaje es drama, y la tela se vuelve escenario de catástrofes líricas, de lóbregas efusiones mitopoéticas. Los pintores nove­les padecen disciplinadamente el síndrome de la virilidad torturada o de la inteligencia postiza (en los cuadros de los jóve­nes valores proliferan las alusiones a la alta cultura, literaria y musical). En ese contexto adverso, la pintura geométrica de Avello es un enemigo rumor que difunde sin estridencias los clamores de una sensibilidad tangencial, vibrante, retráctil.
Desde su llegada a Buenos Aires en 1983, proveniente de Mar del Plata, Avello se incorpora a un conjunto de artis­tas de su generación que exhiben sus trabajos en La Zona, un sótano laberíntico y sofocante cedido por los pintores Bueno y Prior Mitad taller, mitad sala de exposición y ocasional cabaret —una combinación muy propia de la época—, allí tienen lugar, entre Í983 y 1985, las muestras de "Los últimos pintores" (Alejandro de llzarbe.José Garófalo, Miguel Harte, Gustavo Marrone, Martín Reyna, y Avello). A diferencia de sus amigos, que con sus obras imprimen tímidas variaciones en el neoex­presionismo imperante, incurriendo en un eclecticismo menos deliberado que accidental, Avello decora objetos desechados con delicadas estructuras geométricas y arma pequeñas esculturas con cartón corrugado y cinta Schonflex, traduciendo la empecinada perfección del Minimalismo en frugales epifanías domésticas. Es una manera de estetizar la pobreza, de asumir y defender con humor la precariedad de su situación en el ámbito de las artes visuales, burlando subrepticiamente la solemni­dad de una pintura que abusa de su aspiración a la trascendencia.
Con el advenimiento de la democracia muchos asumen el hedonismo como la única militancia posible, porque tras años de forzosa continencia el ejercicio público del placer se transforma en una acción política, y es en la súbita profusión de dis­cotecas, bares, antros y reductos donde la ciudad primero se deshiela. (Paradojas de la liberación de las costumbres: el Café Einstein, inaugurado en 1982, es clausurado por las autoridades democráticas en 1984 por ofensas a la "moral pública".) Las sub-culturas juveniles irrumpen en la renovada escenografía urbana y definen sus identidades manipulando alevosamente sus con­trastes y ocupando espacios de pertenencia donde convergen el rock, la moda, el teatro y las artes visuales.
A mediados de la década, los frecuentes viajes a Buenos Aires de Luis Frangella, quien por entonces participa acti­vamente en la escena del EastVillage neoyorquino, contactan a Avello con las estrategias tribales de una comunidad de artis­tas que admiten la discoteca como habitat natural y diseminan su arte por paredes y recintos por completo ajenos al circui­to de exhibición establecido. A partir de entonces, solo o en colaboración con Frangella, Avello se prodiga en exposiciones efímeras, en ambientaciones de una noche, desplegadas en discotecas como Cemento, Área, Rainbow o Freedom, donde establece una simbiosis conspirativa con los músicos y diseñadores de moda que pueblan el "under". Lo importante es pro­mover mestizajes, intercambiar energías y experiencias con quienes comparten la disipación creativa de sus dones. Y para Avello, disfrutar la voluptuosidad de los extremos que ofrecen las noches salvajes y los días en que se pintan nítidas abs­tracciones con mano trémula y esmerada.
 
En el tramo final de los ochenta, cuando el ambiente de los bares y discotecas se abre al turismo de las sensaciones exclusivas, Avello se convierte en uno de los dínamos que generan celebraciones tumultuosas y barriales, como las fiestas móvi­les del Club Eras, a la vez que monta exhibiciones colectivas en aislados repliegues urbanos, como la estación Tres de Febrero (1987). Contemplados a la distancia, esos estallidos de fervor y regocijada disconformidad sobornan la nostalgia de muchos con los vislumbres de una época que desconoció el frenesí subvencionado de los noventa y sus raves en predios municipales, sus estelares deejays con valija diplomática, su culto a la celebridad instantánea y la consabida profesionalización del desenfreno.


EL PARADIGMA FUGITIVO: ENTREACTO

La hipertelia es un fenómeno que rebasa su finalidad, una decoración.
José Lezama Lima


En 1989 Avello realiza su primera muestra individual en la galería Adriana Rosenberg bajo un título que es casi el más sintético de los manifiestos: Arte decorativo argentino: joven exponente. Son alrededor de ochenta pinturas de pequeño formato que despliegan variaciones formales en torno a un motivo floral de reminiscencias japonesas. La flor del cerezo como pretexto para una vivisección del color Es el primero en asumirse como artista decorativo, y al adoptar un término (en aquel entonces) insultante para designar su intención estética opera un distanciamiento irónico de su propia subjetividad, instau­rando un uso bélico de la vulnerabilidad que más tarde adoptarán muchos artistas de los noventa. Es una táctica que com­bina eficazmente los reclamos de la provocación —que en el caso de Avello nunca llega a ser jactancia—, con los recaudos de la sobrevivencia: disimular la osadía con la ostentación de la fragilidad.
En este período de su obra la abstracción se manifiesta en gráciles lóbulos peciolados de contornos precisos y sime­tría radial, que se recortan sobre texturas diáfanas o sutilmente abigarradas; en estructuras elipsoidales que son un homena­je al círculo y, distraídamente, a los rotorelieves de Duchamp. La pintura de Avello explora los rigores de la práctica y desnu­da su artificio en lo nimio, en el escamoteo de las formas. Sin embargo, el ímpetu decorativo desborda la imagen para con­centrarse en el contorno del plano que la ciñe, en el marco entendido como exaltación de los límites del soporte. Ese des­lizamiento hipertélico vuelve indispensable lo accesorio, reafirmando tácitamente la condición de objeto de la pintura. (El redu­cido tamaño de gran parte de la obra de Avello no sólo es un recato que potencia sus efectos, sino un requisito del noma­dismo urbano de su creador: lo portátil es patrimonio del arte de la fuga.)
II. LOS LAPSOS DE LA EUFORIA: LOS NOVENTA
Una obra que contiene teorías es como un objeto que aún conserva la etiqueta con el precio.
Marcel Proust
Es casi imposible detectar el punto exacto donde confluyen dos décadas, pero si en algo se tornan inmediatamente reconocibles los noventa es en la aceleración con que se empeñan en reproducir; en condiciones artificiales y bajo una torren­cial abundancia que nutre un voluntarismo a prueba de impulsos escépticos, la efervescencia de los ochenta. Los noventa son
la década en que muchos pierden el entusiasmo para ganar la confianza en sí mismos. La movida "under" se disuelve, previo saneamiento de sus costumbres, en el nimbo irisado del "circuito alternativo" mientras sus figuras eminentes transitan diferen­tes vías de escape: muchos emprenden el éxodo o la domesticación de su añoranza en sucesivas reencarnaciones de sí mis­mos; otros se extravían en los meandros de la decencia o inician la larga marcha a través de las instituciones. El SIDA se cobra muchas víctimas prematuras, pero ofrece la trágica sustancia del mito a la voracidad de un decenio que no producirá ninguno.
Para los artistas emergentes, los noventa son los años de la apoteosis del Yo, de la máxima visibilidad con el menor esfuerzo, de la vida reducida a las dimensiones del curriculum. Reacio a las tentaciones de la figuración (literalmente y en todos los sentidos), Avello se entrega a las fluctuaciones del ánimo, al discurrir caprichoso de la vida. Los giros de su arte se ubican bajo el arbitrio de la ocurrencia feliz, de la placentera aceptación de la contingencia. Su inclusión en los espacios donde se ins­tala la imagen emblemática de la década —principalmente las salas del Instituto de Cooperación Iberoamericana y del Centro Cultural Ricardo Rojas— está autorizada por la comunión del gusto y de las afinidades que la sustentan, pero su producción antojadiza y su indiferencia hacia los dispositivos legitimadores limitan las posibilidades de ascenso.
Las relaciones de Avello con la galería del Rojas se fundan en un sistema de simpatías imperfectas. Invitado por pri­mera vez a exponer "sus trabajos en septiembre de 1992, Avello se presenta momentos antes de la inauguración acompaña­do por un grupo de amigos artistas que cuelgan sus propias obras ante el estupor de Gumier Maier Lo que claramente era un acto de participación colectiva característico de las experiencias artísticas de Avello, en el ámbito del Rojas fue interpre­tado, al menos por su director; como un desaire. Si bien la muestra no fue retirada, su perpetrador no recibió ulteriores invi­taciones a exhibir en el Rojas*, La intervención de Avello de ningún modo es programática, pero su espontaneidad no miti­ga su eficacia. En retrospectiva, Sergio Avello y sus amigos se presenta como un improvisado s/te-speci/vc en el cual la apropia­ción de un espacio desnuda los mecanismos que lo condicionan. Para ese entonces, el Rojas ya no era el sitio permisivo y experimental de los comienzos. En los ritos de pasaje hacia su afianzamiento, la sala curada por Gumier Maier sufre rápidas transformaciones que exigen el trazado de sus lindes institucionales y la no menos acelerada configuración de su jerarquía interna. A lo largo de 1992, el Rojas redefme apresuradamente los postulados que lo rigen, elimina disonancias logrando una bien timbrada armonía que concede un vigor unívoco a su propuesta estética, y se prepara para asistir al lento pero irrever-.sible proceso de integración al circuito oficial. En adelante, sus plegarias empiezan a ser escuchadas por los críticos y al menos por una galerista, Ruth Benzacar En su tercer año de existencia, el "espíritu" del Rojas se encarna en un cuerpo estable que concentra todas sus energías en procurar la rápida materialización de sus anhelos.
Alejado por su "desobediencia" de la órbita del Rojas precisamente en el momento en que se inicia el apogeo de las manualidades ensimismadas y el revival de la abstracción geométrica, Avello esquiva la asimilación de su diferencia y se despide de la pintura con una boutade ("la pintura es cosmetología") para indagar en las posibilidades incipientes de la digitalización. De esos experimentos rescata la pobreza mimética de los píxeies en el remedo de texturas naturales. Son simulaciones rudimentarias de materiales "nobles", que exhibe en 1993 bajo el título de Maderas Recientes. Más tarde desarrolla las transparencias digitalizadas que concluyen en las Cajas lumínicas, donde el color delata el revés de su trama en la hipnótica atomización de la luz.
Hacia finales de los noventa Avello retoma la pintura, abandonándose al regodeo físico del oficio y asumiendo su ana­cronismo como un goce adicional. Su inspiración son los pintores de La Boca, y munido al igual que éstos de la espátula con-
* La actitud de Gumier Maier cambiaría con los años: en 1997, cuando ya había abandonado la dirección de la galería del Rojas, incorporó a Avello en "EI Tao del arte", la muestra retrospectiva que resumía sus funciones de curador hasta entonces.
 
 
III  La gracia bajo presión
 
Dorothy Parker: -¿Qué significa exactamente el “coraje” para ti?
Ernest Heminway: -Significa la gracia bajo presión.

 
Habituado a los riesgos que impone la deriva del arte, y en medio de un intenso cuestionamiento del legado esté-d de las últimas décadas, Avello expone sus estrategias al asedio de las certezas a corto plazo y los ofuscamientos alec­cionadores. Lejos de guardar las formas, las obras que reúne en las salas de exhibición del FNA se someten a la presión de la incertidumbre y de allí extraen su gracia, su serena irreverencia.
Guiado por una intuición certera, Avello comete breves desmanes perceptivos y se sienta a esperar la zozobra del sentido. El resultado es una extrañeza que no es socorrida por la razón pero tampoco redimida por la inocencia. De la apropiación del espacio, de símbolos que detentan identidades, de materiales y procesos creativos, obtiene efectos especiales que festejan causas perdidas de antemano. Con el sobrante de las pinturas usadas por Sol Lewitt en la ejecución de los murales exhibidos en fundación Proa en e! 2002, Avello decora listones de madera con bandas de colores luminosos que se derra­man al tomar contacto con el piso. Desbordada por la ley de gravedad, la pulcritud racional del Minimalismo usurpa su antí­tesis: eJ dripping. Más que reivindicar la ideología de la apropiación enarbolada por artistas como Sherrie Levine o Mike Bidlo para denunciar la ficción de la autenticidad o indagar en los códigos de la representación, Malevích by Cambre propone un test de perplejidades: "¿Cómo definiría el fenómeno producido por ¡as ínfimas variaciones introducidas por Cambre al copiar el cuadro de Malevich, sumadas a la intención apropiacionista de Avello? a) simulacro; b) franquicia; c) plusvalía; d) aura; e) estafe. (Encuentre la respuesta en el próximo número de El pequeño vanguardista ilustrado)".
La patria y sus representaciones interesan a Avello desde los años ochenta. La muestra Arte decorativo argentino: joven exponente incluía una instalación donde el artista delineaba el mapa de la Argentina con diminutas teselas monocromáticas. Como Silvina Ocampo, que descubría la presencia de la Nación en "el ala de picaflor iridiscente / en el clamor de Riven de Boca.de Independiente", Avello vuelve a enumerar las fugaces encarnaciones de la patria en la transmutación de sus colores, haciendo abstracción de sus símbolos. La patria como delectación cromática, como superficie desmentida. La patria y sus ins­tituciones: en Lobby, el site-spedfic que ocupa los nueve paneles de vidrio de las salas del FNA, los temblorosos pilares de la conciencia artística nacional quedan expuestos a un fulgor, a un transparencia que no siempre frecuentan. En el lúbrico nega­tivo de la bandera norteamericana, en cambio, los "valores táctiles" de Berenson invitan a exonerar esa mezcla de repulsa y fascinación —propiedad tangible del Gran País del Norte— que despierta su tersura sintética.
n su tránsito entre el embelesamiento y el recelo, las obras de Avello interrogan cautelosamente sus premisas al tiempo que celebran la contaminación conceptual de su púdica belleza, el misterio inestable que las convoca.

 

 

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